miércoles, 26 de octubre de 2011

Donde el desierto lucha contra el mar; La Tortuga (Perú)

Ella, con 6 años, sabe más de la vida que cualquiera de nosotros.
Vive en un pueblo desértico, aislado, a 2 horas de la civilización, abandonado; hasta que "los gringos" descubrieron que era rico en gas natural y les quitaron lo poco que tenían; ahora es simplemente un estercolero lleno de buitres esperando carroña.
Se alimenta de pescado crudo, es la golosina más deliciosa que existe; de hecho, no sabe distinguir una manzana de una pera y mucho menos disfrutar de su sabor.

Sabe el futuro que le espera: hacerse cargo de los suyos dependiendo del dinero de los hombres de su familia, si es que les sobra algo después de pasar por la cantina; familia en la que cada miembro pertenece a una secta diferente.
Es consciente, sabe y vive como algo inevitable, que por dinero, su padre será capaz de alquilarla, y cualquier noche, un vecino entrará en su casa, y al igual que le ha pasado a sus hermanas, "se la robarán" y ya tendrá un marido con el que formar su propia familia. Todo esto es lo que le espera en 10 años.

Pero por ahora, sigue disfrutando del presente, de ser una niña, de jugar a murciélagos y polillas, de que le hagan masajes y cosquillas en la panza los sábados por la tarde; se ríe cuando, alguien como yo, confunde su cabeza llena de piojos con la sal del mar. Se ríe de mi piel "con manchitas", de mi acento al hablar; todo eso le saca una maravillosa sonrisa.
Sonrisas, carcajadas; la suya y la de muchas (y unos pocos) como ella que se convierten en indispensables para quien las conoce.

La gente va a Perú a conocer el MachuPicchu y creen haber vivido algo espectacular.

martes, 14 de junio de 2011

La factoría de la alegría

Hace tan sólo unos días, Rafael Nadal conquistaba su sexto título de Roland Garros, contra el gran maestro Roger Federer, e igualando el record de Bjorn Borg. Sudor, esfuerzo y épica para completar, probablemente, uno de los partidos más difíciles de su carrera.
Con la victoria, Rafa se mostró notablemente emocionado pero, por vez primera, sus lágrimas eran de sacrificio, casi de dolor. Había costado llegar hasta aquí, pues su juego, hasta entonces, no había sido el que todos conocíamos. Aun así, en ese partido épico y lleno de fuerza y rabia, había conseguido vencer a los duendes del derrotismo que alguno se había encargado de dirigir y, finalmente, se llevó el título. Todo un ejemplo de trabajo.
En las declaraciones posteriores, Rafa respondía: “Doy gracias a la vida por todo lo que me está pasando”. La vida, factoría de grandes alegrías.
Más recientemente, volvía a casa en coche, tras dejar a mi novia en la suya. En los primeros compases de nuestra relación, los sentimientos son más vivos y, por ende, las emociones están más a flor de piel. Y aunque, a veces, las endorfinas nos puedan alejar de la realidad exacerbando los sentimientos, no sentir es aún más peligroso, pues uno corre el riesgo de convertirse en un robot, razón en lugar de corazón, y de no disfrutar de la vida.
Sin desviarme más, recuerdo volver a casa con la música puesta. Alta, pero no demasiado, para disfrutar de una música fantástica y de uno de esos momentos que nos brinda la vida en la que nos sentimos tremendamente afortunados. La vida, también, factoría de pequeñas alegrías.
Y tan pronto me sentí afortunado, me sentí desdichado. La vida no son sólo grandes momentos, la vida son también momentos pequeños, a veces diminutos. Una canción, un paseo sin destino, un beso en el cuello, una mirada que habla a gritos, una conversación sincera, un trabajo bien hecho, ayudar a alguien, un “gracias” que no esperas, un paisaje que odias porque no tienes tu cámara, una cañita entre amigos, una juerga y una borrachera graciosas… Todo aquello por lo que un día me llamaron vividor, rebautizando el concepto: disfrutar de aquello que hago.
Y me acordé de todas aquellas personas que visitamos a menudo y que, casi nunca (decir nunca sería tan categórico como falso), gozan ni de pequeños ni de grandes momentos. Pensé en quien no tiene nada, a veces ni la compañía de un amigo, y me pregunté qué le queda. Busqué la respuesta el martes pasado, cuando visité al grupo de sin techo que duerme en Ses Voltes, pero volví con el saco vacío.
Hoy, Pedro, nuestro amigo del Paseo Mallorca, golpea mis recuerdos: “Gracias por traernos un poco de alegría”, nos dijo una vez. No somos la solución, ni somos la alegría, pero si con nuestros actos damos un poco de vida a quien no la tiene, tened por seguro que así seguirá siendo.

lunes, 6 de junio de 2011

Memorias de África

En plenas conversaciones para llevar a cabo un campo de trabajo en Mozambique, os adjuntamos un artículo de Manuel Aguilera, Gooder, en el que habla de su reciente experiencia en un campo de trabajo en Costa de Marfil. 

La historia nos servirá para alimentar, más si cabe, nuestras ilusiones de desarrollar una experiencia de cooperación internacional. De momento, y para poneros al día de nuestras gestiones, en Itóculo (Mozambique) recibirían con los brazos abiertos a un gran equipo de sanitarios -oculistas, dentistas y cirujanos-. Solicitamos una ayuda más abierta y no tan focalizada, con que seguimos a la espera. 

Os dejamos con Manuel: 

AYOKA!!! (saludo africano)

Pensaba que escribir algo sobre la experiencia en Costa de Marfil de este verano pasado sería más fácil y enseguida que se me propuso escribir esta entrada en el blog acepté encantado, lo que no sabía es qué tan enriquecedor ha sido para mí ese viaje, han sido tantas las anécdotas y lecciones en ese mes que esto se me va a quedar corto. Me pongo música africana y remiro (esta es la vez 1024232634829) las fotos del viaje para ponerme en situación.

Para empezar me voy a situar. Este verano pasado fui con una ONG (Adesci) a Costa de Marfil a un campo de trabajo donde se desarrollaban tres labores:

  1. Educación
  2. Construcción
  3. Medicina: donde éramos un médico, dos estudiantes de medicina (dónde me incluyo) y un estudiante de odontología
Éramos 30 personas, de distintas edades y distintas carreras, pero todos teníamos un mismo objetivo y ese era ir a dejarnos la piel ayudando a los demás cosa que hizo que formáramos un grupo muy compacto que a día de hoy seguimos siendo y nos reunimos para planificar como seguir ayudando en ese país.


La aventura se desarrolló en Manaboué, un pueblecito en medio de la selva, donde nada más llegar nos recibieron con bailes, flores por las calles, niños corriendo al lado del autobús…en resumen, todo un show que para quien es su primera vez marca. Ver que esa gente (que comparados con nosotros no tiene nada) ponen su todo a tu disposición en señal de agradecimiento, y es que el agradecimiento se palpa en cada momento allí. 

Allí la pobreza no eran niños pobres y malnutridos, Costa de Marfil es un país rico (primer productor mundial de aceite de palma y de cacao y puntero en producción de muchos otros productos) pero que su gobierno ha sido muy corrupto y para muestra un botón, todos hemos visto por la tele o leído en los diarios la “guerra civil” que ha acontecido por el cambio de la presidencia. 

Bueno, voy a dejar de hablar de temas aburridos y voy a contar un poco mi experiencia ahora que estamos más o menos situados.

Allí pude ejercer de “médico” con mis escasos conocimiento pero con la ayuda de un médico genial y otro estudiante de medicina fenomenal que me explicaban lo necesario para curar cosas básicas allí. Y es que allí no tienen TACs, ni resonancias ni na’ de na’, no se quejan de nada a no ser que duela de verdad, es impresionante el sentido del dolor y del sufrimiento que tienen.

Básicamente nos dedicábamos a dar tratamiento para infecciones, analgésicos para calmar el dolor, curar heridas y dar tratamiento para la malaria (enfermedad que acaba con la vida de muchas personas, sobre todo niños en el país). Nuestro día consistía en trabajar desde la mañana bien tempranito hasta la hora de la comida, cada día íbamos a un pueblo distinto a montar la campaña de médicos y en cada pueblo es tradicional comer con el jefe de la tribu (a cada cual más personaje).

La comida allí era básicamente arroz y a veces un poco de carne, eso sí, siempre acompañado de una salsa “ultra” picante que parecía salsa de tomate y que te ponías el primer día y nunca más te ponías.
Por las tardes conocer el pueblo, jugar con los niños, pasear… me acordaré siempre del día en que me fui con un amigo de allí a coger fruta, nos metimos en la selva y comíamos fruta recién cortada de los árboles. O del día que nos metimos con el autocar en la selva porque allí es época de lluvias y con el barrizal y una mini cuesta podías acabar en cualquier parte.

Momentos míticos de los bailes por la noche tras la cena con los tambores y ellos y nosotros cantando dando vueltas en corro, de niños que se te pegan como lapas, de mosquitos y arañas como dinosaurios, de arroz, de risas, de más arroz, de empujar el microbús, de machetazos abriendo paso por la selva…
En fin, podría seguir escribiendo páginas y páginas contando anécdotas y no acabaría. En África se quedó un trocito de mi corazón y de allí me llevo muchos amigos, buenos recuerdos y valores, cantidad de valores que no se enseñan en la escuela ni en los libros. África es una experiencia que te cambia y te engancha, a lo mejor no podrás ir cada año pero seguro que repites y es que nada llena más que hacer feliz al prójimo.

“El hombre vive esperando recibir y no experimenta la alegría de dar. Por eso no sabe lo que es el Amor, que es darse a los demás”

martes, 10 de mayo de 2011

Atrapado entre los muros de sí mismo

Tras varias semanas sin acudir al Hospital Joan March, Luisa y yo relanzamos el voluntariado el pasado 29 de octubre.

La actividad es de lo más sencilla, puesto que no requiere especialización alguna ni conocimientos en abundancia para ofrecer lo que proponemos: compañía. No obstante, a pesar de la sencillez aparente, no siempre es fácil sentarse al lado de un extraño y mantener una conversación de interés para ambos. Y aun menos sencillo es cuando te entrevistas cara a cara con el Alzheimer.

Esta semana tuvimos la ocasión de conocer a Don Pedro. Un señor que, a pesar de lucir un pelo increíblemente blanco y una piel ya bastante arrugada, afirmaba tener 56 años. O 57 o 58. Jamás logramos saber la cifra exacta, aunque era evidente que de ninguna manera se movía en ese intervalo.

Se alegró enormemente de nuestra llegada que, a mi parecer, debió suponer un cambio necesario en la monotonía de una tarde cualquiera, en la que la televisión había sido su única compañía. Compañía ausente, pues dudo que fuera muy consciente del canal o programa que estaba viendo o, simplemente, dudo que fuera capaz de seguir la trama o argumento de lo que fuera que esta persona estuviese viendo.

Aquí, me sincero y me declaro altamente desconocedor de las consecuencias que conlleva el Alzheimer, al menos de aquellas que van más allá de la pérdida de memoria. Pero si por mi experiencia me he de guiar, diré que supone una desvinculación e, incluso, desincronización de la vida interna de la persona, con la vida que sucede más allá de su mente: la vida física; lo que en ocasiones debe provocar una alta sensación de soledad.

No es necesario decir que nuestra conversación, durante algo más de media hora, no tuvo ni pies ni cabeza. Sólo un principio y un final, y en el que la cohesión entre temáticas siempre fue la gran ausente. Y en la que entre preguntas y faltas de respuestas siempre encontramos la misma reflexión, y es que “Dios nos quiere con él. Camina entre nosotros y ha venido a buscarnos. Esta vida, la que vivimos, es un camino el cual tenemos que escoger, cuyo final es el cielo y en el que siempre debemos caminar firmes y derechos. No pararnos. Y no sentarnos.”

Probablemente, aquella soledad abrumadora sea la razón por la que todos los enfermos de Alzheimer que he conocido hayan compartido conmigo algunas de las reflexiones más profundas que he tenido jamás la oportunidad de oír. Reflexiones que nacen en el interior de unos muros construidos por su enfermedad y que brillan ocasionalmente.

Seguramente, la claridad de la base de sus pensamientos (no su verbalización), y el cariño que nos demostró en tan sólo unos minutos, fueron los que nos hicieron ver a un señor entrañable, y que pese a sus ausencias, su persona sigue presente y es capaz de compartir “lindos” momentos. Por eso, tanto Luisa como yo, nos alegramos de compartir algunos de aquellos destellos de lucidez tan claros como escasos.

martes, 19 de abril de 2011

Cartas desde Mozambique

Os adjuntamos la siguiente carta que nos envía José desde Mozambique. Él será el primer joven becado por Gooding para estudiar en la Universidad. Os dejamos con él:

"Me llamo José Anselmo Dias Manica, tengo 27 años de edad. Nací en la ciudad de Pemba, donde vivo con una hermana más joven.

En total somos 7 hermanos, de los cuales 4 viven fuera de Pemba, en otras localidades de la provincia. Mi padre falleció hace casi 10 años. Mi madre vive a unos 200 km, pero tengo poco contacto con ella. Cuando mis padres se separaron, yo era pequeño y crecí sin madre. Con la muerte de mi padre, de hecho, mis hermanos y yo lo pasamos mal, pero gracias a Dios aquí estamos.

Por causa de los problemas que pasamos tras la muerte de mi padre, tuve que parar de estudiar, pero luego me esforcé para acabar la secundaria, cosa que conseguí en 2010. Todos estos años luché también para conseguir un empleo, pero sólo conseguí dar algunas clases particulares a niños, de portugués y matemáticas sobre todo. Mi hermana no trabaja tampoco, pues no hay mucho empleo, y la vida no es fácil. Durante un tiempo, un tío nuestro nos ayudó cuando más lo necesitábamos, pero ahora no quiere ya saber nada de nosotros.

Para mí estudiar en la universidad es un sueño. Me gustaría hacer el curso de Gestión del medio ambiente y de los recursos naturales, pero también me gustaría poder ayudar a las personas que lo necesitan. Mozambique sufre muchas catástrofes, como inundaciones cada año, y a través de este curso quisiera estar en contacto con esas personas y ayudar a evitar o aliviar su sufrimiento. Hay muchas personas que cuando estudian se olvidan de su origen humilde y de las personas que lo pasan mal, pero yo quiero estudiar no sólo para salir adelante en la vida, sino para ayudar a los demás.

Quiero agradecer a Dios por esta ayuda y por su amor para mí, que veo a través de esta beca que mis amigos de España quieren ofrecerme. Prometo estudiar mucho y aprovechar esta oportunidad."

viernes, 1 de abril de 2011

VIDAS EN LA CALLE

Incluyo, por encargo, este intenso relato de Jaume, al que le digo aprovechando su artículo: "Gracias por hacerme caso y animarte a escribir. ¡Ha valido la pena!"

Cuando aquél domingo 13 de febrero me ofrecieron la oportunidad de salir a repartir cena a los sin techo que podíamos encontrar en Palma, no lo dudé ni un segundo: seguro que sería una experiencia fantástica, inolvidable; poder llevar comida a gente que no tiene nada que comer... No voy a explicar qué tal nos fue esa noche, lo hace muy bien María un poquito más abajo: "Un domingo GOODER"

-Esto es muy malo...
-Es lo peor...
-Esto no es vida...

Estas frases y otras por el estilo son las que escuchamos semana tras semana.

Ayer noche, jueves 31 de marzo, las volvía a escuchar de boca de Tomás.

Aparenta más años de los que seguramente tiene. La calle quema. Quema estar las 24 hrs del día al aire libre, quema dormir a unas temperaturas bajísimas... Pero el alcohol, sobretodo el alcohol es lo que más le quema, lo que le consume por dentro y por fuera.

He tocado muy de cerca lo que son las adicciones. Con los años me he dado cuenta de lo que verdaderamente es una adicción a cualquier sustancia, de cómo puede llegar a superar a una persona, de como el cuerpo pide esa sustancia si lo hemos acostumbrado a ella, de como el alcohol (como muchas otras sustancias) controla nuestro cuerpo y nuestra vida.

Y lo más triste: un adicto no sale sólo. Necesita ayuda.

He luchado y he visto luchar a otros codo con codo para superar problemas de adicción. Pero la mayoría de estas personas tienen la suerte de luchar con amigos, padres, hermanos, y otros familiares...a su lado. El apoyo, la ayuda, es fundamental, el principio para que una persona decida que vale la pena salir de ese pozo. Porque sin ayuda, sin una motivación inicial, una persona ni se plantea salir de "la mierda".

Ayer por la tarde me encontré con Tomás, sentado en un banco de una placita del centro de Palma. Me senté a su lado y después de refrescarle un poco la memoria y de volver a presentarme, dijo que me recordaba. Y me dijo que lo mirase, que lo mirase de arriba a abajo. Me preguntó:

- ¿Quien soy yo?
Pero no esperó una respuesta.
- Un despojo - me dijo, - Una mierda. Ya no soy ni persona. Soy algo que molesta a todos.

Tomás bebe mucho y a diario. Pasa el día pensando en lo mucho que desea que vayan una noche a recogerlo y lo ingresen en algún sitio.

-Yo necesito estar encerrado y con medicacíon -

Nos cuenta que a las 5 de la mañana se despierta con las manos temblorosas, se levanta de sus cartones como puede, pues le tiembla todo el cuerpo, y sale del cajero en el que ha pasado la noche. Cargado con sus 2 ó 3 bolsas se va al "24 horas" más cercano (está a unos 20 min andando, a su paso, imagino que algo más), y se compra el primer cartón de vino del día: ¡¡¡a las 5 de la mañana!!! Con 3 tragos de ese "vino" se le pasan los temblores. Ya durante todo el día lleva consigo el cartón: así el cuerpo le responde. Curioso, ¿verdad...? A falta de una medicación, necesita beber.

Necesita beber porque así no piensa en lo guapas y maravillosas que deben ser sus hijas.

Necesita beber porque así no piensa en el frío que va a pasar cuando caiga la noche.

Necesita beber porque así no es consciente de en qué se ha convertido, sobretodo, por culpa de alcohol.

Sin ayuda no se sale. Y quizá porque en un momento dado decidió vivir en la calle o un cúmulo de circunstancias hicieron que sin darse cuenta un día se viera durmiendo allí y alejado de familiares, amigos y seres queridos, Tomás no tiene ayuda.

Antes de levantarme e irme hablamos un rato de FC Barcelona, de Cristiano Ronaldo, y de la selección española de fútbol. Entre risas, hablamos, entre otras cosas, de ropa y de estilos de moda, ya ves tu....y salió el tema porque le hicieron gracia unas deportivas que llevaba yo puestas que eran de color blanco...

La cara le cambió por completo durante ese rato. Parecía otra persona.

Cuando nos depedíamos, Tomás me agarró de las dos manos y me miró durante unos instantes, en una despedida llena de agradecimiento sólo por haberme sentado a su lado.

Tomás es un enfermo, y necesita ayuda.

Se que mucha gente piensa que lo que hacemos no sirve para nada. Que si esta gente está en la calle es porque quieren. Y que con un plato de comida o un vaso de leche que les podamos dar algunos días los problemas que tienen no se solucionan. Pero cada día voy teniendo más claro que no es sólo un plato de comida lo que le damos a estas personas: es un rato de alegría, es alguien con quien hablar de vez en cuando. Hacemos lo que está en nuestras manos.

Y cada vez somos más, y cada vez son más cosas las que podremos hacer para ayudar.

Si estás leyendo esto es porque algún amigo tuyo piensa que eres una buena persona, que sientes empatía hacia los demás, que te preocupas por lo que está pasa a tu alrededor. Alguien pensó que valía la pena que formaras parte de GOODING. Y que eres consciente de que con un granito de arena que pongamos cada uno, hay muchas cosas que pueden mejorar.


Por Jaume Ferriol

viernes, 25 de febrero de 2011

Las Reinas del Hospital

Si soy sincero, me he sentado delante del ordenador con la intención de escribir un artículo acerca de las diferentes actitudes que, en nuestro paso por el Hospital Joan March, he tenido la oportunidad de observar en los pacientes; un articulo que habría titulado “Cara y cruz”, pero que ante la posibilidad de caer en un texto más que reflexivo y serio, he preferido cambiarlo por este, de título más alegre y en el que de actitudes también podemos hablar.

Para no hacer este artículo muy largo, lo dividiré en varias partes. Una para cada reina aunque, como entenderéis, no las conoceréis por sus nombres reales.

Ella tiene nombre de reina de verdad. Reina de España y ahora Reina del Hospital ha empezado su gobierno en solitario, cuando sus dos predecesoras se han marchado ya. Si bien es cierto que el viernes pasado las tres, sin saberlo, estaban bajo los techos del mismo palacio.

Nos conocimos de casualidad puesto que no era ella, en esta ocasión, el motivo de nuestra visita aunque sí que lo será en todas las próximas. Con su descubrimiento el destino acabó por arreglar lo que había sido una tarde gris en palacio, pero supongo que tantas veces hemos pasado ratos tan agradables que esta vez, quizá, tocaba una tarde de las que menos. Lo que el refranero se ha encargado de describir como una de cal y una de arena, se plasmó a la perfección durante aquella tarde.

Bastaron muy pocas palabras para empezar nuestra amistad, pero algunas más para conocerla como reina. Su reino se conoce por sus palabras, pues no la conocemos por sus actos, pero de sus palabras se extrae una vida plena y un corazón que bombea alegría. En el poco tiempo que gozamos de su compañía nos demostró ser una de pocas personas que extraen el dulce jugo de la vida. Una mujer de lectura positiva aunque negativas sean las circunstancias. En su actitud reside su grandeza.

Guarda innumerables experiencias de su vida, tantas que podría escribir un libro de tantas páginas como días ha vivido, pero lo descarta totalmente. Su vida le pertenece a ella y a las personas con las que la ha compartido. Su marido lo hizo durante mucho tiempo y seguirá haciéndolo cuando se reúnan en el Cielo, donde le espera incompleto. No obstante, su legado permanecerá tanto en la Tierra como en la tierra. “No ho oblidis: nosaltres som el tronc, els nostres fills són les branques i els nostres nets són els fruits”.

Su tronco, por fortuna para nosotros, sigue brotando y reverdeciendo aquellas ramas que no conducen su misma sangre. Me refiero a todos a los que su gran árbol nos da sombra y vida, como si musgo fuésemos. Aprender de los demás, al tiempo que aprehender lo aprendido nos hace grandes y, quizá, así, algún día podamos portar el cetro de nuestro propio reino.

viernes, 18 de febrero de 2011

UN DOMINGO GOODER

El domingo, día 13 de febrero nos reunimos Tica, Tonia, Jaume y yo, para repartir la cena a aquellos que por cualquier causa no pueden, con frecuencia, disponer de ella, ni tan siquiera de un techo bajo el que disfrutarla.

Comprobamos que sólo hacían falta 3 kilos de spaghettis, 3 litros de salsa de tomate, 3 cebollas, 2 zanahorias, y un puñado de trocitos de pimiento rojo, aderezados por hierbas varias, para calmar el hambre.

Sólo hacían falta 2 litros de leche y medio bote de cacao para saciar la sed y paliar el frío.

El frío de una noche de domingo, una noche de febrero, cuando la mayoría están-estamos, en sus-nuestras casas, disponiéndonos a cerrar un día para empezar ojalá que ilusionadamente una nueva semana.

Pero sería incompleto, y tal vez algo efímero, el decir que sólo esos fueron los resultados de la experiencia, porque no fue así.

Aún a riesgo de resultar algo tópica diré que sólo esos pocos ingredientes me enseñaron a valorar la importancia de los pequeños gestos, sin necesidad de grandes proezas para aportar tu granito de arena, así como del significado de un minuto, una hora, una tarde, como para no malgastarlo por costumbre.

Me insuflé con una bocanada de aire puro, a través de los agradecimientos más sinceros, recompensa más que suficiente en una época en que todo lo medimos en euros.

Comprobé que la gente sigue y seguirá necesitando a gente aunque cada vez nos volvamos más individualistas, como Tica, Tonia, Jaume y yo nos necesitamos para vivir esta experiencia, y como se formaban grupos para compartir un cajero, un puente, un portal, una manta… Cabe recordar aquí la anécdota de la “tremenda suerte” de “la Mari” en el Mercado del Olivar, cuando uno de los habitantes de la Plaza nos pidió que, por favor, la atendiéramos a ella.

Nos adentramos en las historias vivientes de quien con nosotros quiso compartirlas, de quien necesitaba hablar y ser escuchados, aunque fuera de anécdotas varias, rivalidades Madrid-Barça, cadenas de restaurantes que llevaban, como la Meca del Pollo, enfermedades y grandes intenciones (como la de alguno con el “surfing”)

Disfruté observando a mis tres compañeros y amigos, mientras afloraba su espontaneidad y naturalidad, su sonrisa y buen humor, su cercanía y humildad, y otras tantas virtudes igual de destacables, y muchas las quise para mi. Aprendí de ellos.

Muchas parece que son las formas con que han llegado a esta situación desfavorecida, pero de una espero que salgan: con voluntad, empuje y esfuerzo, así como con ayuda y orientación. Asimismo espero que, como a mi me aportó mucho este ratito (en muchos casos con cosas que gracias a nuestros padres, abuelos, hermanos sabemos desde hace tiempo, pero que no está de más recordar), a ellos les aporte algo, por mínimo que sea, que contribuya, con la ayuda de Dios, a reunir la fuerza necesaria para avanzar.

Para acabar diré que esa noche yo no cené. No necesité la comida porque el hambre que en ese momento era para mi valioso, ya había sido saciado.

Hello, everyone!

Gooding no podía dejar escapar la ocasión de aprovechar la llamada Web 2.0. No lo hizo con las redes sociales y no lo hará con la blogosfera.

Gooding crece por momentos y el número de Gooders, también. En Gooding te proponemos que este sea el canal en el que escribas tus experiencias. Un espacio abierto a ti, Gooder, porque tu labor y tu voz necesitan hacerse oír.

¡Saludos y bienvenidos a vuestra casa!