martes, 10 de mayo de 2011

Atrapado entre los muros de sí mismo

Tras varias semanas sin acudir al Hospital Joan March, Luisa y yo relanzamos el voluntariado el pasado 29 de octubre.

La actividad es de lo más sencilla, puesto que no requiere especialización alguna ni conocimientos en abundancia para ofrecer lo que proponemos: compañía. No obstante, a pesar de la sencillez aparente, no siempre es fácil sentarse al lado de un extraño y mantener una conversación de interés para ambos. Y aun menos sencillo es cuando te entrevistas cara a cara con el Alzheimer.

Esta semana tuvimos la ocasión de conocer a Don Pedro. Un señor que, a pesar de lucir un pelo increíblemente blanco y una piel ya bastante arrugada, afirmaba tener 56 años. O 57 o 58. Jamás logramos saber la cifra exacta, aunque era evidente que de ninguna manera se movía en ese intervalo.

Se alegró enormemente de nuestra llegada que, a mi parecer, debió suponer un cambio necesario en la monotonía de una tarde cualquiera, en la que la televisión había sido su única compañía. Compañía ausente, pues dudo que fuera muy consciente del canal o programa que estaba viendo o, simplemente, dudo que fuera capaz de seguir la trama o argumento de lo que fuera que esta persona estuviese viendo.

Aquí, me sincero y me declaro altamente desconocedor de las consecuencias que conlleva el Alzheimer, al menos de aquellas que van más allá de la pérdida de memoria. Pero si por mi experiencia me he de guiar, diré que supone una desvinculación e, incluso, desincronización de la vida interna de la persona, con la vida que sucede más allá de su mente: la vida física; lo que en ocasiones debe provocar una alta sensación de soledad.

No es necesario decir que nuestra conversación, durante algo más de media hora, no tuvo ni pies ni cabeza. Sólo un principio y un final, y en el que la cohesión entre temáticas siempre fue la gran ausente. Y en la que entre preguntas y faltas de respuestas siempre encontramos la misma reflexión, y es que “Dios nos quiere con él. Camina entre nosotros y ha venido a buscarnos. Esta vida, la que vivimos, es un camino el cual tenemos que escoger, cuyo final es el cielo y en el que siempre debemos caminar firmes y derechos. No pararnos. Y no sentarnos.”

Probablemente, aquella soledad abrumadora sea la razón por la que todos los enfermos de Alzheimer que he conocido hayan compartido conmigo algunas de las reflexiones más profundas que he tenido jamás la oportunidad de oír. Reflexiones que nacen en el interior de unos muros construidos por su enfermedad y que brillan ocasionalmente.

Seguramente, la claridad de la base de sus pensamientos (no su verbalización), y el cariño que nos demostró en tan sólo unos minutos, fueron los que nos hicieron ver a un señor entrañable, y que pese a sus ausencias, su persona sigue presente y es capaz de compartir “lindos” momentos. Por eso, tanto Luisa como yo, nos alegramos de compartir algunos de aquellos destellos de lucidez tan claros como escasos.

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