Como una auténtica plaga mi nombre comenzó a extenderse hace
muchos meses entre el colectivo de sin techo, mucho antes de que lo hicieran
los nombres de mis compañeros de Gooding. Tanto fue que en un momento mi nombre debió ser algo así como trending
tropic en las calles que van desde Paseo Mallorca hasta el barrio de Es
Jonquet.
Si soy honesto, debo confesar que el asunto tenía gracia, y
es que en muy poco tiempo mis amigos se multiplicaron. Y antes de yo saber sus
nombres, ellos ya sabían quien era yo, que otra era mi prima, u otro, era mi hermano… Pero, al parecer, yo era un paso más allá de la acción de reparto de alimentos.
Sin embargo, no muy tarde, aquella gracia empezó a desvanecerse cuando resulté ser la solución a todos sus problemas, de la índole que fuesen, e
incluso parte de la solución a problemas
que merecen resolverse bajo la lógica de la cooperación, básico en estos
supuestos.
No obstante, nada impidió que continuase el voluntariado de
reparto de alimentos.
Aquella noche fuimos a parar a una galería del barrio de
Santa Catalina. Ese es un lugar muy frecuentado por los sin techo cuando llegan
visos de mal tiempo y las primeras lluvias otoñales. Y, aunque llevábamos mucho
tiempo sin ir, la ausencia de personas en Sa Faixina y el tiempo lluvioso y
ventoso indicaba la más que posible presencia de sin techo en el pasadizo.
Me adelanté y cogí ventaja al grupo antes de ver que, efectivamente,
una persona dormía bajo el techo de la galería. El bulto intuía la figura del
cuerpo de una persona, pues la manta que lo cubría debía tapar desde los pies
hasta más allá de la cabeza. Nada se veía. Me agaché. “Buenas noches”- dije,
pero nadie respondió. “Buenas noches”- repetí e igual resultado obtuve. Y ya
prácticamente con el temor de despertarle, suspiré… “Buenas noches”. Su cuerpo
se movió, y su cara se destapó.
Bryan yacía bajo las mantas. Un señor de unos 60 años o muchos
más, pues si algo tiene la calle es que curte y envejece la piel, sumando años
hasta al más joven. No creo que hoy alcance los 50 kilos, y apuesto a que es
residente desde hace muchos años en la isla, aunque aún no es capaz de hilvanar
más de tres palabras seguidas en español.
Me alegré al reconocer su cara, aunque él tardase algunos
segundos más en hacerlo con la mía. Su mirada estaba perdida, aunque no era muy
diferente a la de otras veces. También su lengua, la que no supo decir tan
siquiera “hola” y emanó un sonido onomatopéyico al vernos. Reconocí algún
temblor en su cuerpo, por el frío quizás, pero jamás pensé que podría ser
causado por lo que supimos minutos más tarde: sus compañeros le habían visto en
peor estado que otras veces, quizás enfermo, y habían decidido llamar a una
ambulancia. Los efectivos acudieron, pero él desestimó cualquier viaje más allá
de sus mantas y sus sueños. Cierto es, y lo sabemos ahora, que no tenía buen
aspecto, que sus movimientos lentos y temblorosos tenían ahora sentido y que
nuestra conversación nunca fue clara. Tan sólo que estaba sólo y que el resto
estaban en aquella dirección que indicaban sus manos.
Sin más, le dimos una ración de comida caliente, nos
despedimos y cuando nos hubimos alejado oí: “Gracias Luigi”. Y creo que hacía
mucho tiempo que no me alegraba tanto por que uno de nuestros compañeros de la
calle pronunciara mi nombre.