viernes, 1 de abril de 2016

Impresiones

Recuerdo las primeras veces que salí a repartir comida caliente a las personas sin hogar, las sensaciones eran indescriptibles. Recuerdo tener ganas de ayudar, respeto a lo desconocido, alegría por saber que estaba haciendo algo bueno y tristeza por no poder ser de más ayuda. Una gran mezcla de sentimientos a flor de piel difíciles de asimilar a la vez.

Sin embargo, el sentimiento que más me sorprendió tener fue el egoísmo. Fue extraño intentar entender porque me sentía así. Era yo el que estaba dando de comer a personas que desgraciadamente no tenían que llevarse a la boca, era yo el que daba su tiempo libre a recorrer Palma con cestas llenas de comida… Pero allí estaba. ¿Por qué me sentía egoísta?

No lo descubrí pronto, ni siquiera puedo decir que hubiese algo que hiciese darme cuenta. Supongo que con el tiempo lo interioricé y un día, al pensar en ese sentimiento, encontrase la respuesta como si la supiese desde hacía tiempo.  ¿Era esa ración de comida “pago” suficiente para la sensación de bienestar que sentía al hacer algo como repartir comida? ¿Era “pago” suficiente de aquella sonrisa de gratitud que nos dedicaban al vernos aparecer? ¿Era “pago” suficiente de aquella mirada a los ojos y vocalizar una simple palabra, gracias?

No, por supuesto que no lo era, y sigue sin serlo. Incluso detrás de la embriaguez de muchos de ellos podía notar la gratitud sincera de su sonrisa, de su gracias y de sus abrazos. Y yo solo les daba una ración de comida y un poco de mi tiempo libre mientras hablaba con ellos, sin ser, necesariamente, temas trascendentales. 

Ese mismo egoísmo sigo sintiéndolo, es el que me "obliga" a seguir repartiendo, el que me "obliga" a dar mi tiempo libre a los demás. El que me hace disfrutar en Gooding porque como dijo Nelson Mandela: " Son los cambios que hacemos en los demás, los que determinan la importancia de nuestra propia vida".

jueves, 17 de octubre de 2013

Gestionando el cambio


Hace tan sólo unos días compartía una cerveza con una amiga. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y se convertía en una ocasión especial para retomar nuestra relación. Falsamente pensé que costaría darle ritmo a la conversación, pero ni mucho menos fue así. Rápidamente, empezamos a hablar de un tema y de otro, hasta que uno acabó por convertirse en el centro de la conversación. Ella lo llamó ‘sus lloros’, aunque yo negué que lo fueran entonces y lo niego ahora. Además, fuesen lo que fuesen, creo que es de vital importancia compartir con tus amigos los temas que más te preocupan. Lo considero un ejercicio de humildad. Y, por otra parte, es hora de entender que, a veces, uno solo no tiene la solución y que, a veces, la persona que está delante puede ser quien te dé la respuesta o, mejor, la pregunta que estabas buscando.

Hablamos largo y tendido y creo que un poquito, aunque fuera tan sólo un poquito, sí que pude ayudar. La remití a uno de los artículos de este blog, uno en que dice que hay una gran parte de ‘sin techo’ que están dispuestos a salir de esa situación, pero tan sólo hay una pequeña minoría que -perdón por la expresión- ya están hasta las narices de la calle y necesitan salir. Esos, sólo esos, son los que tienen verdaderas oportunidades de salir. Aquellos que están dispuestos a cambiar dinámicas. Los otros, lamentablemente, se encuentran en su zona de confort donde, ya acostumbrados a su vida, no van a luchar en demasía por el cambio pues, al final, podrían estar peor. Bien, no toméis mis palabras a pies juntillas pues hay muchos matices y, por otra parte, los ‘sin techo’ son marginados y merecen una atención especial.

Sea como sea, me centro en ese estadio de confort, ese en el que nada va a mejor, ni nada a peor. Estabilidad que, cuando se trata de situaciones críticas, acaba comiendo la alegría de quien la padece y le encierra en un bucle sin aparente salida. Está cegado, se siente aprisionado. Y aquí me viene a la cabeza la pregunta que una vez me hizo un amigo ‘¿Y tú, qué haces por cambiar?’

Anteayer esta pregunta volvió a mi y decidí que necesitaba un cambio de dinámica, pues me encuentro en una zona de confort un tanto peligrosa. Así, he roto un mal hábito y he pasado a madrugar para hacer deporte por la mañana. Mi error había sido sacar el deporte de mi agenda, lo que resta oxigenación a la mente, claridad en las ideas y, al menos en mi, me resta alegría. Importante: alegría. No obstante, espero que no sea este el único cambio, pues correr por las mañanas tampoco es la solución a mis males.

Al final de todo, uno se preguntará a qué viene un post como este en un blog de solidaridad. Pues muy fácil, el punto en común es la ACTITUD. Puede que no seas tú quien necesite un empujón o quizás sí. Pero lo que tenemos que tener claro es que si haces lo que has hecho siempre, te pasará lo que te ha pasado siempre. Sencillo. Y, por otra parte, si las cosas no marchan bien, está claro que necesitas un cambio. Lo que hace bueno el dicho “El pesimista se queja del viento, el optimista espera a que cambie, mientras el realista ajusta las velas”. Es importante liderar la gestión del cambio en ti y a tu alrededor. De hecho, eso te hace gooder.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Por todo lo que somos



Esta noche, con un día de retraso, celebro la cena de acción de gracias. Seguramente, si no hubiera sido porque es un plan diferente y porque entre los amigos hay mucha jauja, de hoy no habría ni rastro. Sin embargo, se ha dado la ocasión y yo, en mis ganas de saber, se me ha ocurrido investigar.

Ayer se conmemoraba el recibimiento que le dieron los indios nativos de Massachussets a los peregrinos que en 1620 escapaban de Inglaterra rumbo a las Américas. Los indios, amistosamente, compartieron sus conocimientos sobre las cosechas, les enseñaron a cazar y a sobrevivir en un largo invierno, lo que los ingleses correspondieron con una fiesta de fraternidad y agradecimiento que duró varios días.

Hoy en día, la cena es una jornada de agradecimiento por todas aquellas cosas que uno tiene en la vida. Por todas aquellas cosas que uno se ha labrado y por todas aquellas que le han caído del cielo.

Ayer (y siempre) fue un gran día para agradecer que nuestra vida, con nuestras “desgracias” cotidianas, sigue siendo afortunada; que hoy estamos más en disposición de ayudar que de ser ayudados; que lo importante es poder compartir la vida, vivirla con alegría; ser y hacer feliz. Y si uno sabe ver todo esto, y quien dice ver dice hacer, Alguien le acabará agradeciendo esa humildad.

A las personas buenas, les pasan cosas buenas.  

miércoles, 31 de octubre de 2012

Gracias Luigi


Como una auténtica plaga mi nombre comenzó a extenderse hace muchos meses entre el colectivo de sin techo, mucho antes de que lo hicieran los nombres de mis compañeros de Gooding. Tanto fue que en un momento mi nombre debió ser algo así como trending tropic en las calles que van desde Paseo Mallorca hasta el barrio de Es Jonquet.

Si soy honesto, debo confesar que el asunto tenía gracia, y es que en muy poco tiempo mis amigos se multiplicaron. Y antes de yo saber sus nombres, ellos ya sabían quien era yo, que otra era mi prima, u otro, era mi hermano… Pero, al parecer, yo era un paso más allá de la acción de reparto de alimentos. Sin embargo, no muy tarde, aquella gracia empezó a desvanecerse cuando resulté ser la solución a todos sus problemas, de la índole que fuesen, e incluso parte de la solución a problemas que merecen resolverse bajo la lógica de la cooperación, básico en estos supuestos.

No obstante, nada impidió que continuase el voluntariado de reparto de alimentos.

Aquella noche fuimos a parar a una galería del barrio de Santa Catalina. Ese es un lugar muy frecuentado por los sin techo cuando llegan visos de mal tiempo y las primeras lluvias otoñales. Y, aunque llevábamos mucho tiempo sin ir, la ausencia de personas en Sa Faixina y el tiempo lluvioso y ventoso indicaba la más que posible presencia de sin techo en el pasadizo.

Me adelanté y cogí ventaja al grupo antes de ver que, efectivamente, una persona dormía bajo el techo de la galería. El bulto intuía la figura del cuerpo de una persona, pues la manta que lo cubría debía tapar desde los pies hasta más allá de la cabeza. Nada se veía. Me agaché. “Buenas noches”- dije, pero nadie respondió. “Buenas noches”- repetí e igual resultado obtuve. Y ya prácticamente con el temor de despertarle, suspiré… “Buenas noches”. Su cuerpo se movió, y su cara se destapó.

Bryan yacía bajo las mantas. Un señor de unos 60 años o muchos más, pues si algo tiene la calle es que curte y envejece la piel, sumando años hasta al más joven. No creo que hoy alcance los 50 kilos, y apuesto a que es residente desde hace muchos años en la isla, aunque aún no es capaz de hilvanar más de tres palabras seguidas en español.

Me alegré al reconocer su cara, aunque él tardase algunos segundos más en hacerlo con la mía. Su mirada estaba perdida, aunque no era muy diferente a la de otras veces. También su lengua, la que no supo decir tan siquiera “hola” y emanó un sonido onomatopéyico al vernos. Reconocí algún temblor en su cuerpo, por el frío quizás, pero jamás pensé que podría ser causado por lo que supimos minutos más tarde: sus compañeros le habían visto en peor estado que otras veces, quizás enfermo, y habían decidido llamar a una ambulancia. Los efectivos acudieron, pero él desestimó cualquier viaje más allá de sus mantas y sus sueños. Cierto es, y lo sabemos ahora, que no tenía buen aspecto, que sus movimientos lentos y temblorosos tenían ahora sentido y que nuestra conversación nunca fue clara. Tan sólo que estaba sólo y que el resto estaban en aquella dirección que indicaban sus manos.

Sin más, le dimos una ración de comida caliente, nos despedimos y cuando nos hubimos alejado oí: “Gracias Luigi”. Y creo que hacía mucho tiempo que no me alegraba tanto por que uno de nuestros compañeros de la calle pronunciara mi nombre.

martes, 17 de julio de 2012

GOODING cruza a LA OTRA ORILLA




En una semana cambiaré mar por sierra, clima mediterráneo por lluvias tropicales, lo confortable por lo desconocido.

¡Ponemos en marcha el proyecto internacional de GOODING!

Va a ser una experiencia inolvidable a todos los niveles y espero poder compartir con todos vosotros la emoción y la ilusión que supone dar este gran paso para GOODING.

Cruzamos el gran charco hasta Nicaragua, concretamente hasta Santa Elisa, a 2 horas de la civilización más cercana; en plena sierra, difícil incluso ubicar la comarca en el mapa.

Llevo conmigo a un equipazo de voluntarios con los que hacer un trabajo íntegro; abarcando desde el inicio en la alfabetización de un grupo de adultos, hasta la higiene postural en problemas de artrosis derivados de la humedad de la zona.

Estoy segura que éste será el primer campo de trabajo internacional de los muchos que vamos a hacer y espero que sirva para que, el próximo año, no dudéis en formar parte de algo tan único como es esto.

Gracias a Mar, Juana, Ana y Lluis por dejarse seducir por esta gran experiencia.
Y gracias especialmente a Luis por confiar en mí dándome esta oportunidad.

Solos no podemos mejorar el mundo; juntos vamos intentarlo.

¡VIVA GOODING!

domingo, 11 de marzo de 2012

Tratando de escapar

No hace mucho, hablaba con un amigo acerca de las personas que viven en la calle. Decía que todos somos “marginados en potencia” destacando así la facilidad que tenemos para caer en situaciones dramáticas como, por ejemplo, la calle. Entre gooders hemos hablado y teorizado mucho acerca de este tema, aunque siempre acabamos en la conclusión de que en nuestro caso sería muy difícil pues tenemos familia y amigos en los que apoyarnos. Pero, ¿qué pasaría si no fuese así?

Aunque más que de la facilidad de caer en la calle, empezaba este artículo tratando de explicar la dificultad de salir.

Hace menos tiempo hablé con mi madre acerca del mismo tema, y me preguntó ¿por qué muchos indigentes no quieren salir de la calle? Y seguramente muchos tengáis la misma pregunta, aunque es errónea. Todos quieren salir, pero nadie sabe cómo. No hay familia, no hay amigos. Los sintecho se han convertido en marginados de la sociedad, en el último estrato de la población. ¿Cómo empezar de cero cuando lo has perdido todo, hasta la dignidad? Cuando ni tú confías en ti…

Le hice el símil con los países tercermundistas, ¿qué futuro tiene que imaginar un niño pobre, cuyos padres son pobres, cuyos abuelos son pobres, y que tan sólo conoce pobreza? Yo creo saber la respuesta: sin la ayuda de alguien con capacidad seguirá siendo pobre. No nos equivoquemos. No se trata de voluntad, se trata de medios o capacidad.

Así nos encontramos semanalmente con 30 personas que necesitan nuestra ayuda para salir de la calle. Casi todos están dispuestos, otros están realmente dispuestos pero pocos están ya hasta las narices y necesitan salir de la calle.

A uno de estos últimos hemos estado ayudando y siguiendo, pues pensamos que tiene verdaderas posibilidades de salir de la calle. El inicio fue duro puesto que al principio él era de los que tan sólo estaban realmente dispuestos, pero poco a poco sufrió una conversión. Le hicimos visitas frecuentes, conocimos su situación, trazamos un plan con el objetivo de tener un futuro digno. Lo primero la salud: fuimos al médico varias veces pues sufría problemas intestinales, y tales visitas desembocaron en analíticas, pruebas y, finalmente, una operación quirúrgica.

Pasó cinco días ingresado tras la intervención y el día de su regreso a su casa, la calle, me lo encontré con mejor aspecto que nunca. Limpio y afeitado. Estuvimos hablando breve y alegremente. Hombros arriba y con gracia me dijo “las duchas calientes que me he pegado, ¡chaval!”, aunque lo más importante fue oírle decir “nunca más volveré a dormir ni a cagar en la calle. ¡Es un asco! Ya lo he hablado con otro, y esta noche dormiremos en el albergue. A las 17h nos vamos”. Él solo había dado el siguiente paso.

La operación parecía haberle cambiado. Dormir en una cama y poder asearse había sido el detonante de su cambio de actitud. Sus antiguos compañeros, quienes le veían durante el día me decían que ya no bebía alcohol, que el dinero que ganaba aparcando coches lo gastaba comiendo el menú de un bar, y que un vecino le estaba ayudando a obtener una pensión.

Me alegré tremendamente y erróneamente pensé que casi todo estaba hecho. Al tiempo me dijeron que había vuelto a beber. Y de beber a vivir en la calle. Así que muy pronto lo volvimos a encontrar aceptando nuestras raciones de comida. El motivo es que “el centro de acogida no era un lugar para él”. Cierto es que se quedó sin respuesta cuando le pregunté si era mejor dormir en la calle que dormir en el centro. Allí sigue.

Mientras le ayudamos tuvo fuerzas, cuando nos confíamos las perdió. Hoy estamos prácticamente donde empezamos.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Donde el desierto lucha contra el mar; La Tortuga (Perú)

Ella, con 6 años, sabe más de la vida que cualquiera de nosotros.
Vive en un pueblo desértico, aislado, a 2 horas de la civilización, abandonado; hasta que "los gringos" descubrieron que era rico en gas natural y les quitaron lo poco que tenían; ahora es simplemente un estercolero lleno de buitres esperando carroña.
Se alimenta de pescado crudo, es la golosina más deliciosa que existe; de hecho, no sabe distinguir una manzana de una pera y mucho menos disfrutar de su sabor.

Sabe el futuro que le espera: hacerse cargo de los suyos dependiendo del dinero de los hombres de su familia, si es que les sobra algo después de pasar por la cantina; familia en la que cada miembro pertenece a una secta diferente.
Es consciente, sabe y vive como algo inevitable, que por dinero, su padre será capaz de alquilarla, y cualquier noche, un vecino entrará en su casa, y al igual que le ha pasado a sus hermanas, "se la robarán" y ya tendrá un marido con el que formar su propia familia. Todo esto es lo que le espera en 10 años.

Pero por ahora, sigue disfrutando del presente, de ser una niña, de jugar a murciélagos y polillas, de que le hagan masajes y cosquillas en la panza los sábados por la tarde; se ríe cuando, alguien como yo, confunde su cabeza llena de piojos con la sal del mar. Se ríe de mi piel "con manchitas", de mi acento al hablar; todo eso le saca una maravillosa sonrisa.
Sonrisas, carcajadas; la suya y la de muchas (y unos pocos) como ella que se convierten en indispensables para quien las conoce.

La gente va a Perú a conocer el MachuPicchu y creen haber vivido algo espectacular.