martes, 14 de junio de 2011

La factoría de la alegría

Hace tan sólo unos días, Rafael Nadal conquistaba su sexto título de Roland Garros, contra el gran maestro Roger Federer, e igualando el record de Bjorn Borg. Sudor, esfuerzo y épica para completar, probablemente, uno de los partidos más difíciles de su carrera.
Con la victoria, Rafa se mostró notablemente emocionado pero, por vez primera, sus lágrimas eran de sacrificio, casi de dolor. Había costado llegar hasta aquí, pues su juego, hasta entonces, no había sido el que todos conocíamos. Aun así, en ese partido épico y lleno de fuerza y rabia, había conseguido vencer a los duendes del derrotismo que alguno se había encargado de dirigir y, finalmente, se llevó el título. Todo un ejemplo de trabajo.
En las declaraciones posteriores, Rafa respondía: “Doy gracias a la vida por todo lo que me está pasando”. La vida, factoría de grandes alegrías.
Más recientemente, volvía a casa en coche, tras dejar a mi novia en la suya. En los primeros compases de nuestra relación, los sentimientos son más vivos y, por ende, las emociones están más a flor de piel. Y aunque, a veces, las endorfinas nos puedan alejar de la realidad exacerbando los sentimientos, no sentir es aún más peligroso, pues uno corre el riesgo de convertirse en un robot, razón en lugar de corazón, y de no disfrutar de la vida.
Sin desviarme más, recuerdo volver a casa con la música puesta. Alta, pero no demasiado, para disfrutar de una música fantástica y de uno de esos momentos que nos brinda la vida en la que nos sentimos tremendamente afortunados. La vida, también, factoría de pequeñas alegrías.
Y tan pronto me sentí afortunado, me sentí desdichado. La vida no son sólo grandes momentos, la vida son también momentos pequeños, a veces diminutos. Una canción, un paseo sin destino, un beso en el cuello, una mirada que habla a gritos, una conversación sincera, un trabajo bien hecho, ayudar a alguien, un “gracias” que no esperas, un paisaje que odias porque no tienes tu cámara, una cañita entre amigos, una juerga y una borrachera graciosas… Todo aquello por lo que un día me llamaron vividor, rebautizando el concepto: disfrutar de aquello que hago.
Y me acordé de todas aquellas personas que visitamos a menudo y que, casi nunca (decir nunca sería tan categórico como falso), gozan ni de pequeños ni de grandes momentos. Pensé en quien no tiene nada, a veces ni la compañía de un amigo, y me pregunté qué le queda. Busqué la respuesta el martes pasado, cuando visité al grupo de sin techo que duerme en Ses Voltes, pero volví con el saco vacío.
Hoy, Pedro, nuestro amigo del Paseo Mallorca, golpea mis recuerdos: “Gracias por traernos un poco de alegría”, nos dijo una vez. No somos la solución, ni somos la alegría, pero si con nuestros actos damos un poco de vida a quien no la tiene, tened por seguro que así seguirá siendo.

lunes, 6 de junio de 2011

Memorias de África

En plenas conversaciones para llevar a cabo un campo de trabajo en Mozambique, os adjuntamos un artículo de Manuel Aguilera, Gooder, en el que habla de su reciente experiencia en un campo de trabajo en Costa de Marfil. 

La historia nos servirá para alimentar, más si cabe, nuestras ilusiones de desarrollar una experiencia de cooperación internacional. De momento, y para poneros al día de nuestras gestiones, en Itóculo (Mozambique) recibirían con los brazos abiertos a un gran equipo de sanitarios -oculistas, dentistas y cirujanos-. Solicitamos una ayuda más abierta y no tan focalizada, con que seguimos a la espera. 

Os dejamos con Manuel: 

AYOKA!!! (saludo africano)

Pensaba que escribir algo sobre la experiencia en Costa de Marfil de este verano pasado sería más fácil y enseguida que se me propuso escribir esta entrada en el blog acepté encantado, lo que no sabía es qué tan enriquecedor ha sido para mí ese viaje, han sido tantas las anécdotas y lecciones en ese mes que esto se me va a quedar corto. Me pongo música africana y remiro (esta es la vez 1024232634829) las fotos del viaje para ponerme en situación.

Para empezar me voy a situar. Este verano pasado fui con una ONG (Adesci) a Costa de Marfil a un campo de trabajo donde se desarrollaban tres labores:

  1. Educación
  2. Construcción
  3. Medicina: donde éramos un médico, dos estudiantes de medicina (dónde me incluyo) y un estudiante de odontología
Éramos 30 personas, de distintas edades y distintas carreras, pero todos teníamos un mismo objetivo y ese era ir a dejarnos la piel ayudando a los demás cosa que hizo que formáramos un grupo muy compacto que a día de hoy seguimos siendo y nos reunimos para planificar como seguir ayudando en ese país.


La aventura se desarrolló en Manaboué, un pueblecito en medio de la selva, donde nada más llegar nos recibieron con bailes, flores por las calles, niños corriendo al lado del autobús…en resumen, todo un show que para quien es su primera vez marca. Ver que esa gente (que comparados con nosotros no tiene nada) ponen su todo a tu disposición en señal de agradecimiento, y es que el agradecimiento se palpa en cada momento allí. 

Allí la pobreza no eran niños pobres y malnutridos, Costa de Marfil es un país rico (primer productor mundial de aceite de palma y de cacao y puntero en producción de muchos otros productos) pero que su gobierno ha sido muy corrupto y para muestra un botón, todos hemos visto por la tele o leído en los diarios la “guerra civil” que ha acontecido por el cambio de la presidencia. 

Bueno, voy a dejar de hablar de temas aburridos y voy a contar un poco mi experiencia ahora que estamos más o menos situados.

Allí pude ejercer de “médico” con mis escasos conocimiento pero con la ayuda de un médico genial y otro estudiante de medicina fenomenal que me explicaban lo necesario para curar cosas básicas allí. Y es que allí no tienen TACs, ni resonancias ni na’ de na’, no se quejan de nada a no ser que duela de verdad, es impresionante el sentido del dolor y del sufrimiento que tienen.

Básicamente nos dedicábamos a dar tratamiento para infecciones, analgésicos para calmar el dolor, curar heridas y dar tratamiento para la malaria (enfermedad que acaba con la vida de muchas personas, sobre todo niños en el país). Nuestro día consistía en trabajar desde la mañana bien tempranito hasta la hora de la comida, cada día íbamos a un pueblo distinto a montar la campaña de médicos y en cada pueblo es tradicional comer con el jefe de la tribu (a cada cual más personaje).

La comida allí era básicamente arroz y a veces un poco de carne, eso sí, siempre acompañado de una salsa “ultra” picante que parecía salsa de tomate y que te ponías el primer día y nunca más te ponías.
Por las tardes conocer el pueblo, jugar con los niños, pasear… me acordaré siempre del día en que me fui con un amigo de allí a coger fruta, nos metimos en la selva y comíamos fruta recién cortada de los árboles. O del día que nos metimos con el autocar en la selva porque allí es época de lluvias y con el barrizal y una mini cuesta podías acabar en cualquier parte.

Momentos míticos de los bailes por la noche tras la cena con los tambores y ellos y nosotros cantando dando vueltas en corro, de niños que se te pegan como lapas, de mosquitos y arañas como dinosaurios, de arroz, de risas, de más arroz, de empujar el microbús, de machetazos abriendo paso por la selva…
En fin, podría seguir escribiendo páginas y páginas contando anécdotas y no acabaría. En África se quedó un trocito de mi corazón y de allí me llevo muchos amigos, buenos recuerdos y valores, cantidad de valores que no se enseñan en la escuela ni en los libros. África es una experiencia que te cambia y te engancha, a lo mejor no podrás ir cada año pero seguro que repites y es que nada llena más que hacer feliz al prójimo.

“El hombre vive esperando recibir y no experimenta la alegría de dar. Por eso no sabe lo que es el Amor, que es darse a los demás”