Esta noche, con un día de retraso, celebro la cena de acción
de gracias. Seguramente, si no hubiera sido porque es un plan diferente y
porque entre los amigos hay mucha jauja, de hoy no habría ni rastro. Sin
embargo, se ha dado la ocasión y yo, en mis ganas de saber, se me ha ocurrido
investigar.
Ayer se conmemoraba el recibimiento que le dieron los indios
nativos de Massachussets a los peregrinos que en 1620 escapaban de Inglaterra
rumbo a las Américas. Los indios, amistosamente, compartieron sus conocimientos
sobre las cosechas, les enseñaron a cazar y a sobrevivir en un largo invierno,
lo que los ingleses correspondieron con una fiesta de fraternidad y
agradecimiento que duró varios días.
Hoy en día, la cena es una jornada de agradecimiento por
todas aquellas cosas que uno tiene en la vida. Por todas aquellas cosas que uno
se ha labrado y por todas aquellas que le han caído del cielo.
Ayer (y siempre) fue un gran día para agradecer que nuestra
vida, con nuestras “desgracias” cotidianas, sigue siendo afortunada; que hoy
estamos más en disposición de ayudar que de ser ayudados; que lo importante es
poder compartir la vida, vivirla con alegría; ser y hacer feliz. Y si uno sabe
ver todo esto, y quien dice ver dice hacer, Alguien le acabará agradeciendo esa
humildad.
A las personas buenas, les pasan cosas buenas.
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