domingo, 11 de marzo de 2012

Tratando de escapar

No hace mucho, hablaba con un amigo acerca de las personas que viven en la calle. Decía que todos somos “marginados en potencia” destacando así la facilidad que tenemos para caer en situaciones dramáticas como, por ejemplo, la calle. Entre gooders hemos hablado y teorizado mucho acerca de este tema, aunque siempre acabamos en la conclusión de que en nuestro caso sería muy difícil pues tenemos familia y amigos en los que apoyarnos. Pero, ¿qué pasaría si no fuese así?

Aunque más que de la facilidad de caer en la calle, empezaba este artículo tratando de explicar la dificultad de salir.

Hace menos tiempo hablé con mi madre acerca del mismo tema, y me preguntó ¿por qué muchos indigentes no quieren salir de la calle? Y seguramente muchos tengáis la misma pregunta, aunque es errónea. Todos quieren salir, pero nadie sabe cómo. No hay familia, no hay amigos. Los sintecho se han convertido en marginados de la sociedad, en el último estrato de la población. ¿Cómo empezar de cero cuando lo has perdido todo, hasta la dignidad? Cuando ni tú confías en ti…

Le hice el símil con los países tercermundistas, ¿qué futuro tiene que imaginar un niño pobre, cuyos padres son pobres, cuyos abuelos son pobres, y que tan sólo conoce pobreza? Yo creo saber la respuesta: sin la ayuda de alguien con capacidad seguirá siendo pobre. No nos equivoquemos. No se trata de voluntad, se trata de medios o capacidad.

Así nos encontramos semanalmente con 30 personas que necesitan nuestra ayuda para salir de la calle. Casi todos están dispuestos, otros están realmente dispuestos pero pocos están ya hasta las narices y necesitan salir de la calle.

A uno de estos últimos hemos estado ayudando y siguiendo, pues pensamos que tiene verdaderas posibilidades de salir de la calle. El inicio fue duro puesto que al principio él era de los que tan sólo estaban realmente dispuestos, pero poco a poco sufrió una conversión. Le hicimos visitas frecuentes, conocimos su situación, trazamos un plan con el objetivo de tener un futuro digno. Lo primero la salud: fuimos al médico varias veces pues sufría problemas intestinales, y tales visitas desembocaron en analíticas, pruebas y, finalmente, una operación quirúrgica.

Pasó cinco días ingresado tras la intervención y el día de su regreso a su casa, la calle, me lo encontré con mejor aspecto que nunca. Limpio y afeitado. Estuvimos hablando breve y alegremente. Hombros arriba y con gracia me dijo “las duchas calientes que me he pegado, ¡chaval!”, aunque lo más importante fue oírle decir “nunca más volveré a dormir ni a cagar en la calle. ¡Es un asco! Ya lo he hablado con otro, y esta noche dormiremos en el albergue. A las 17h nos vamos”. Él solo había dado el siguiente paso.

La operación parecía haberle cambiado. Dormir en una cama y poder asearse había sido el detonante de su cambio de actitud. Sus antiguos compañeros, quienes le veían durante el día me decían que ya no bebía alcohol, que el dinero que ganaba aparcando coches lo gastaba comiendo el menú de un bar, y que un vecino le estaba ayudando a obtener una pensión.

Me alegré tremendamente y erróneamente pensé que casi todo estaba hecho. Al tiempo me dijeron que había vuelto a beber. Y de beber a vivir en la calle. Así que muy pronto lo volvimos a encontrar aceptando nuestras raciones de comida. El motivo es que “el centro de acogida no era un lugar para él”. Cierto es que se quedó sin respuesta cuando le pregunté si era mejor dormir en la calle que dormir en el centro. Allí sigue.

Mientras le ayudamos tuvo fuerzas, cuando nos confíamos las perdió. Hoy estamos prácticamente donde empezamos.

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