miércoles, 31 de octubre de 2012

Gracias Luigi


Como una auténtica plaga mi nombre comenzó a extenderse hace muchos meses entre el colectivo de sin techo, mucho antes de que lo hicieran los nombres de mis compañeros de Gooding. Tanto fue que en un momento mi nombre debió ser algo así como trending tropic en las calles que van desde Paseo Mallorca hasta el barrio de Es Jonquet.

Si soy honesto, debo confesar que el asunto tenía gracia, y es que en muy poco tiempo mis amigos se multiplicaron. Y antes de yo saber sus nombres, ellos ya sabían quien era yo, que otra era mi prima, u otro, era mi hermano… Pero, al parecer, yo era un paso más allá de la acción de reparto de alimentos. Sin embargo, no muy tarde, aquella gracia empezó a desvanecerse cuando resulté ser la solución a todos sus problemas, de la índole que fuesen, e incluso parte de la solución a problemas que merecen resolverse bajo la lógica de la cooperación, básico en estos supuestos.

No obstante, nada impidió que continuase el voluntariado de reparto de alimentos.

Aquella noche fuimos a parar a una galería del barrio de Santa Catalina. Ese es un lugar muy frecuentado por los sin techo cuando llegan visos de mal tiempo y las primeras lluvias otoñales. Y, aunque llevábamos mucho tiempo sin ir, la ausencia de personas en Sa Faixina y el tiempo lluvioso y ventoso indicaba la más que posible presencia de sin techo en el pasadizo.

Me adelanté y cogí ventaja al grupo antes de ver que, efectivamente, una persona dormía bajo el techo de la galería. El bulto intuía la figura del cuerpo de una persona, pues la manta que lo cubría debía tapar desde los pies hasta más allá de la cabeza. Nada se veía. Me agaché. “Buenas noches”- dije, pero nadie respondió. “Buenas noches”- repetí e igual resultado obtuve. Y ya prácticamente con el temor de despertarle, suspiré… “Buenas noches”. Su cuerpo se movió, y su cara se destapó.

Bryan yacía bajo las mantas. Un señor de unos 60 años o muchos más, pues si algo tiene la calle es que curte y envejece la piel, sumando años hasta al más joven. No creo que hoy alcance los 50 kilos, y apuesto a que es residente desde hace muchos años en la isla, aunque aún no es capaz de hilvanar más de tres palabras seguidas en español.

Me alegré al reconocer su cara, aunque él tardase algunos segundos más en hacerlo con la mía. Su mirada estaba perdida, aunque no era muy diferente a la de otras veces. También su lengua, la que no supo decir tan siquiera “hola” y emanó un sonido onomatopéyico al vernos. Reconocí algún temblor en su cuerpo, por el frío quizás, pero jamás pensé que podría ser causado por lo que supimos minutos más tarde: sus compañeros le habían visto en peor estado que otras veces, quizás enfermo, y habían decidido llamar a una ambulancia. Los efectivos acudieron, pero él desestimó cualquier viaje más allá de sus mantas y sus sueños. Cierto es, y lo sabemos ahora, que no tenía buen aspecto, que sus movimientos lentos y temblorosos tenían ahora sentido y que nuestra conversación nunca fue clara. Tan sólo que estaba sólo y que el resto estaban en aquella dirección que indicaban sus manos.

Sin más, le dimos una ración de comida caliente, nos despedimos y cuando nos hubimos alejado oí: “Gracias Luigi”. Y creo que hacía mucho tiempo que no me alegraba tanto por que uno de nuestros compañeros de la calle pronunciara mi nombre.

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